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miércoles, 22 de marzo de 2017

El hombre de la roca

Homenaje al primer sabio.


La  vida no es fácil para la tribu, los animales no se quedan quietos y hay que ir tras ellos para atraparlos. La horda pasa hambre y frío. Hay gran preocupación. En el último invierno han enfermado todos y a medida que los niños nacen, van muriendo.

Por Rubén Reveco, licenciado en Artes Plásticas


Nuestra única esperanza es el fuego, el que nos da calor e ilumina. Las bestias que nos matan, no se acercan, lo que es bueno y nos protege.
A pesar de las malas noticias, los días están dando paso a breves calores. Cuando el sol aparece con fuerza por entre las nubes salimos de la cueva a su encuentro. Es una sensación agradable sobre el cuerpo. Todos se alinean de espalda a las grandes rocas que están en la ladera de la montaña y abren sus brazos en actitud de saludo. Los sufrimientos dan paso a la alegría y los problemas desaparecen rápidamente. Luego los hombre, las mujeres y los niños giran y abrazan la roca caliente. De las ropas mojadas sale un vapor que provoca un curioso efecto sobre el grupo.
En lo alto de un promontorio hay un hombre que observa. Se lo respeta porque hace un tiempo descubrió que el calor del Sol era similar al calor del fuego. “El Sol -dijo- debe ser una gran llama”. Hace un tiempo, también, descubrió que en los días de mucho calor el pasto seco arde y provoca grandes incendios. Entonces robamos el fuego con alguna rama y lo llevamos hasta el interior de la cueva. Pero la vida de esa llama es corta e imposible de mantener por mucho tiempo ya que la lluvia la mata.
Lo que intenta el hombre de la roca es algo diferente. Después de descubrir que el origen del fuego en el césped nada tiene  que ver con los rayos ni con las erupciones de los volcanes, dejó pasar varios días de intenso calor y reunió hierba de la más seca posible, plumas de pájaros, pelos y todo lo que pudiese servir para su misterioso propósito. Una vez reunido el material, los ubicó sobre una roca y se dispuso a esperar sentado a su lado. Ese día esperó por diez horas sin resultados. La tribu no comprendía qué intentaba hacer. Lo que al comienzo era mera curiosidad, con el correr de los días se transformó en indiferencia. Él, seguía esperando. No se lo obligaba a ser parte del grupo de caza, pero pasado un tiempo el malestar se hizo oír y la indiferencia se transformó en fastidio. Aún así, continuaba ahí, mirando por horas su montículo de hierbas secas. ¿Habrá enloquecido? se preguntaban.
Cierto día la temperatura fue muy alta. El sabio de la tribu subió una vez más a lo alto de la roca con sus tierno tesoro entre sus manos. Lo acomodó de tal modo que los rayos solares penetraran y llegaran al corazón mismo del pequeño nido. Así lo había  estado haciéndolo por mucho tiempo. Demostrando que en él latía el germen de la perseverancia, característica importante de los que vendrían en el futuro a reemplazarlo.
Seguía esperando y ya nadie le prestaba atención. Quizá fue el contraste del silencio de la tribu y el gutural ruido lo que hizo sorprender a todos. El hombre de la roca gritaba dando saltos. Se acercaron asombrados a ver qué sucedía. Por entre el pasto seco emergía lentamente un fino hilo de humo blanco ¿Cómo había sucedido? Después de unos segundos pasó lo mejor: aparecieron pequeñas llamas que bailaban al compás de la algarabía de todos. Y si bien, faltaban muchos milenios para que el baile se inventara, lo que sucedió ese día fue lo más parecido a una fiesta. La primera fiesta de la Era del Fuego.




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